De ausencias se compone casi siempre el entramado de mis días, son las cosas que no están las que actúan como leños peregrinos en la caldera fría que alimenta las pisadas que voy dando, las únicas que me mueven alrededor de algo diferente a mí mismo.
No por simple afán de recuperarlas, no. Sino en muchos casos más bien por el placer de conservarlas así, ausentes pero ciertas, oximorónicamente corpóreas, capaces de hacerme sentir que existen aún cosas que merece la pena perder y por justicia poética lo he hecho, las he perdido a todas sin remedio por el tiempo que haga falta.
Y entonces te prefiero ausente, elijo la retrospectiva gentil del recuerdo de mis dedos en la base de tu espalda, del perfume de tu cuello sobre el humo del tabaco que a ese fín hemos quemado, de tu risa por debajo y por los lados de la música vulgar, de hotel alojamiento en pleno centro de la noche en cualquier lado; aunque el hotel haya terminado siendo una fábrica de muñecos de trapo o la habitación mal acolchada de una clínica psiquiátrica, a la que la casualidad siempre mía y siempre sabia nos ha arrastrado con engaños coloridos.
Otras veces, sin embargo (y son las menos, pero queman) no me alcanza con saberte ahí, en cualquier parte de una ciudad que es un pañuelo, en la que bastaría con subirme a los hombros de un semáforo, escuadriñante, para verte doblar por todas las esquinas. Pero tengo pánico a las alturas y pánico a encontrarte sin saber que hacer con tanta vos y tanto yo, repleto de tu falta.
Esas veces, esos ratos de labios blancos y manos convertidas en puños hirvientes, maldigo mi presencia sin sentido y me derrito por poder hacer del tiempo y del espacio una argamasa maniobrable entre los dedos, convertirlo todo en una otredad tergiversable, una bolita de cristal con un dragón de papel dentro; un aleph de todo lo que es mío sin saberlo y rescatarte con cuidado, con paciencia y precaución de relojero. Arrancarte de ese caos chino de vidrio transparente, por una pierna o una mano temblorosa, darte a fuerza de quererlo una corporeidad torpe, tan distinta a lo fugaz que es tu ser vos, pero acaso suficiente para mí.
Pero es solo un ratito y entonces, unas palmaditas en el hombro y todo va a estar bien, mi chiquito...
Desgraciado Hijo De Puta
Tu también buscarás, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto
domingo, septiembre 24, 2006
domingo, septiembre 17, 2006
It takes a lot to laugh
Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente un puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che.Julio C.
Lo mismo exactamente, ocurre con el resto de acontecimientos de la imaginación humana hechos práctica, con distintos niveles de perversidad, por supuesto, pero siempre respetando esta lógica del ser en tanto que hacer de.
Y no estoy apuntándole a cuestiones de filosofía a escala, con piezas y tornillitos en fascículos semanales, sino a que la crueldad ha perdido la cobardía y ya no solo por la espalda y en silencio, ahora en pleno día, por la cara y a los gritos, desde donde no era, acaso, necesaria.
Pienso en trenes y en andenes coloridos de mentira, olor de flores, de perfumes, de domingo (de los suyos, por supuesto) ropa nueva, alguna música y en las caras una mueca de alegría expectante, siempre hay corridas y enredos divertidos de carteras y equipaje. No lo saben, cómo pueden ser tan ciegos? tan sin ganas de entender que es todo un truco, que los mueve no la espera de la tía de Posadas ni los días de descanso en estancias anacrónicas del sur, sino ser el decorado antropoide, el grupo de extras que propician, que le brindan ese brillo de realidad presumida, de realidad de mentas que tienen las partidas para siempre, las partidas en las que alguien se queda, con la carne de gallina hasta los huesos, apretando con dedos hirvientes el boleto del tren siguiente, del que no vendrá, porque no alcanza para convocarlo, solo uno que se queda no es suficiente para materializar el milagro de los trenes que se van.
Entonces no hay andén, no hay siquiera el humo que el progreso le ha sacado al quedarse, la nube oscura que toda máquina maligna debería dejar a su paso, ayudándonos a esconder (de uno mismo aunque más no sea) las lágrimas que no acaban de caerse (la dignidad también se ha ido, le encanta viajar en tren y no mirar por la ventana con el último silbido, nada disfruta más que el sabor entre los dedos del beso que se prohibió soplarle al que se queda) la rabia que parece querer escaparse por cada uno de los poros encrispados de la piel, de gallo, nuevamente, derrotado.
No hay, entonces, humo, pero es como si lo hubiera, el tren, la bestia; orgulloso hasta el chirrido de cada uno de sus huesosengranajes, siendo él por una vez y para siempre, demostrándonos que un tren no es un vehículo que lleva pasajeros, sino un tren dejando a alguien mientras todo lo demás se va con él, se aleja dejando tras de sí una estela de olor a almohadas rotas, a cartas mojándose de lluvia, a granos de sal.
Si acaso alguna vez, el destino inevitáblemente sádico, me ha ordenado ser el que se va, no he podido combatir la sensación de plumas blancas, la carne encrispada y esa cosquilla de torturado por los chinos en el pecho, ese sentimiento de estar siendo solo objeto de mudanza. Para que, desde donde sea que vaya a terminar, pueda ser una vez más (acaso todas) el que se queda, el que alimenta a la bestia y la hace ser.
**********
Mi amiga Pipi (que quiere volar y no la dejan, pobre almita) tuvo la idea de que ambos escribamos al respecto de lo ( que al menos en la teoría parecía ser) mismo. Así que si quieren, pasen y vean
lunes, septiembre 11, 2006
Paladini de la sutileza
Me encanta vivir en un país en el que una marca de mortadela puede utilizar sin pudores el slogan "Buenos Momentos..."
Hipomovilidad Viciada
El ambiente de la literatura es perversamente elitista o ya no existen los escritores?
De quién esperamos nuevas publicaciones actualmente? Claro, haber vivido y leido en los 60/70 y hasta 80s implicaba (al menos en mi cabeza, ahora explico por qué) manejarse dentro de ciertos sutiles tejidos de expectación, uno sabía (debería haber sabido, sectarios de mierda!) que, por ejemplo Alejandra P. estaba escribiendo, que Lamborghini estaba escribiendo, que Bolaño (por nombrar a alguien y no dejar la lista en dos, que es un número mezquino) y que en cualquier momento cualquiera de ellos podía (y potencialmente iba a) editar un nuevo libro, repleto de maravillas (o no, pero nuevo y no referido), es algo similar a lo que pasa con la música y esa cosquilla muy tenue en el lóbulo frontal que uno siente cuando se entera de que Dylan, o Decemberists o Pibes chorros, quien sea, va a sacar un nuevo disco y uno va a poder vivirlo.
A esta altura del mundo, con la literatura ha dejado de pasar, quiénes están escribiendo en este mismo momento literatura digna de ser esperada?
Rowling? King? Aira? Piglia? García Márquez? el de los bigotes? OH, VAMOS.
Se ha muerto toda la literatura y sus vástagos inmundos están escondidos, escondidos a nosotros por culpa del sectarismo del ambiente, nadie conocía a Lamborghini mientras escribía, a Pizarnik muy pocos. Claro, a Borges todos, pero Borges es un caso, obviamente, especial y yo quiero saber por qué los otros, por qué escondidos o aun sin descubrir, me temo que ocultos a propósito, para regocijo de literatos ni siquiera fauna del malba, literatitos lúmpenes, de Quilmes imperial, maníes y cocaina en papel glassé, que se revuelcan no tanto en la poesía sublime sino en la sublimidad pobre de la poesía exclusiva para iniciados (iniciados en un culto al oportunismo feroz, en el que solo se acepta a quienes están en el momento justo en el lugar correcto).
Lo peor, lo que me aterra, es pensar que quizás no, quizás están a la vista y alcanza con abrir el Ñ para leer nombres que no significan nada pero que en 20 años van a ser los nuevos artistas de culto, suicidas a los 30 en monoambientes de Retiro con ediciones póstumas y que yo, aquí y ahora no considero por falta de perspectiva, por falta, precisamente, de suicidios y de prólogos de Cesar Aira.
En cualquier caso, me gustaría leer opiniones.
De quién esperamos nuevas publicaciones actualmente? Claro, haber vivido y leido en los 60/70 y hasta 80s implicaba (al menos en mi cabeza, ahora explico por qué) manejarse dentro de ciertos sutiles tejidos de expectación, uno sabía (debería haber sabido, sectarios de mierda!) que, por ejemplo Alejandra P. estaba escribiendo, que Lamborghini estaba escribiendo, que Bolaño (por nombrar a alguien y no dejar la lista en dos, que es un número mezquino) y que en cualquier momento cualquiera de ellos podía (y potencialmente iba a) editar un nuevo libro, repleto de maravillas (o no, pero nuevo y no referido), es algo similar a lo que pasa con la música y esa cosquilla muy tenue en el lóbulo frontal que uno siente cuando se entera de que Dylan, o Decemberists o Pibes chorros, quien sea, va a sacar un nuevo disco y uno va a poder vivirlo.
A esta altura del mundo, con la literatura ha dejado de pasar, quiénes están escribiendo en este mismo momento literatura digna de ser esperada?
Rowling? King? Aira? Piglia? García Márquez? el de los bigotes? OH, VAMOS.
Se ha muerto toda la literatura y sus vástagos inmundos están escondidos, escondidos a nosotros por culpa del sectarismo del ambiente, nadie conocía a Lamborghini mientras escribía, a Pizarnik muy pocos. Claro, a Borges todos, pero Borges es un caso, obviamente, especial y yo quiero saber por qué los otros, por qué escondidos o aun sin descubrir, me temo que ocultos a propósito, para regocijo de literatos ni siquiera fauna del malba, literatitos lúmpenes, de Quilmes imperial, maníes y cocaina en papel glassé, que se revuelcan no tanto en la poesía sublime sino en la sublimidad pobre de la poesía exclusiva para iniciados (iniciados en un culto al oportunismo feroz, en el que solo se acepta a quienes están en el momento justo en el lugar correcto).
Lo peor, lo que me aterra, es pensar que quizás no, quizás están a la vista y alcanza con abrir el Ñ para leer nombres que no significan nada pero que en 20 años van a ser los nuevos artistas de culto, suicidas a los 30 en monoambientes de Retiro con ediciones póstumas y que yo, aquí y ahora no considero por falta de perspectiva, por falta, precisamente, de suicidios y de prólogos de Cesar Aira.
En cualquier caso, me gustaría leer opiniones.
viernes, agosto 18, 2006
La Forêt Sacrilège
Soy el idoneo, el idolo retrasado;
y asi, sobre un pie casi, reivindico mis derechos,
los de mi bestia, que me debe todo,
incluso el corazon, los de mi nariz
demasiado corta para ser pierna...
Este mundo es agil!
Tambien cojeo, a falta de otras cosas,
aunque podria hacerlo mucho mejor...
Jean-Pierre Duprey
Ése es el libro que quiero que me regales, aunque nunca me regales libros y mas bien nunca me regales nada, más que clepsidras con el fondo roto, donde hago vivir a las arañas de los besos que me das, cuando el agua se ha escurrido y con ella el tiempo que me toca.
En cualquier caso, cuando quise explicarte por qué Duprey después de tantos años. Por qué Duprey en cualquier momento, en realidad. Ella me hablaba, al oido, al mismo tiempo y mi torpeza fue tan grande como siempre y tu cara de noentiendo casi cruel, entonces fue mejor no esforzarse demasiado y devolverlo a su tumba de suicida prematuro (claro, claro...) sin mayor explicación.
Quiero, entonces, todo eso que no dije y este libro y más clepsidras y un perdón.
martes, agosto 15, 2006
Angustia
Puta mía:
Vamos, por esta vez, a ahorrarnos los preámbulos estériles. No he de preguntar por qué has venido y no porque lo sepa, sino porque el saberlo no hará ni más corta ni más leve tu estadía.
No querré saber tampoco a quién culpar de tu visita. Porque mío y solo mío es (siempre lo ha sido) el infausto honor de provocarte.
Voy, sí, por el contrario, a ofrecerme voluntario a tu gélida caricia, no habrá estremecimientos ni reproches cuando eches (ay de mí!) tu brazo pálido a mi cuello y la presión sea tan leve y tan constante como siempre. Suficiente para nublarme el juicio y teñir mis labios del mismo azul verdoso que adivino trás el velo con que escondes tu mirada. Pero no tan fuerte como para darme el alivio de una muerte momentanea, de ese olvido de ente quieto, ciego y sordo, ese perdón que necesito y no merezco.
Otra vez fue en un domingo (quizás por la mañana, ¿qué más da?) que sentí tus pasos blandos acercándose a mi cama, te vi, fumando, esperar pacientemente, el momento en que arrojarte sobre mí, en que abrazarme con tus garras siempre suaves, en que desplegar en todo mi pecho la eternidad de tus caprichos. Supe lo siguiente y no intenté escapar, no por valía ni a sabiendas de lo inútil que sería resistirme, sino más bien por cierta dignidad de ser indigno, que percibe en la inminencia del castigo un tufillo repugnante de justicia y aunque no termina de entenderlo no se opone, más bien cede a un impulso involuntario, de apretar con el mentón el nudo ciego que el verdugo inexperto le echa al cuello.
Vas a estar aquí por algún tiempo, o más bien me llevarás un tiempo a mí, al lugar donde te sientes tan a gusto, al lugar en que las cosas tienen, además del suyo propio, el peso de la culpa y la torpeza, el peso de ser horrendas por mi culpa, por haberlas sacado del lugar de las ideas y haberlas arrastrado a una realidad necia y mía.
No voy, como dije, durante el tiempo en que decidas perseguirme, a renegar de tí ni de tus vicios, dejaré que todo sea como debe, sucio, ocre, denso y frío, sin la mínima queja ni pedido de clemencia. Te merezco y te mereces ser mi sombra. Sé que al otro lado del espejo, en el sitio en que tus ojos son tan ciegos como aquí, el cuadro será el mismo y a tu espalda estaré yo, mereciéndome con rabia ser el dueño de las manos, de las piedras apiladas en tu pecho y de la sombra que te sigue a cuatro palmos de distancia, sin tocarte pero haciéndose arrastrar.
Vamos, por esta vez, a ahorrarnos los preámbulos estériles. No he de preguntar por qué has venido y no porque lo sepa, sino porque el saberlo no hará ni más corta ni más leve tu estadía.
No querré saber tampoco a quién culpar de tu visita. Porque mío y solo mío es (siempre lo ha sido) el infausto honor de provocarte.
Voy, sí, por el contrario, a ofrecerme voluntario a tu gélida caricia, no habrá estremecimientos ni reproches cuando eches (ay de mí!) tu brazo pálido a mi cuello y la presión sea tan leve y tan constante como siempre. Suficiente para nublarme el juicio y teñir mis labios del mismo azul verdoso que adivino trás el velo con que escondes tu mirada. Pero no tan fuerte como para darme el alivio de una muerte momentanea, de ese olvido de ente quieto, ciego y sordo, ese perdón que necesito y no merezco.
Otra vez fue en un domingo (quizás por la mañana, ¿qué más da?) que sentí tus pasos blandos acercándose a mi cama, te vi, fumando, esperar pacientemente, el momento en que arrojarte sobre mí, en que abrazarme con tus garras siempre suaves, en que desplegar en todo mi pecho la eternidad de tus caprichos. Supe lo siguiente y no intenté escapar, no por valía ni a sabiendas de lo inútil que sería resistirme, sino más bien por cierta dignidad de ser indigno, que percibe en la inminencia del castigo un tufillo repugnante de justicia y aunque no termina de entenderlo no se opone, más bien cede a un impulso involuntario, de apretar con el mentón el nudo ciego que el verdugo inexperto le echa al cuello.
Vas a estar aquí por algún tiempo, o más bien me llevarás un tiempo a mí, al lugar donde te sientes tan a gusto, al lugar en que las cosas tienen, además del suyo propio, el peso de la culpa y la torpeza, el peso de ser horrendas por mi culpa, por haberlas sacado del lugar de las ideas y haberlas arrastrado a una realidad necia y mía.
No voy, como dije, durante el tiempo en que decidas perseguirme, a renegar de tí ni de tus vicios, dejaré que todo sea como debe, sucio, ocre, denso y frío, sin la mínima queja ni pedido de clemencia. Te merezco y te mereces ser mi sombra. Sé que al otro lado del espejo, en el sitio en que tus ojos son tan ciegos como aquí, el cuadro será el mismo y a tu espalda estaré yo, mereciéndome con rabia ser el dueño de las manos, de las piedras apiladas en tu pecho y de la sombra que te sigue a cuatro palmos de distancia, sin tocarte pero haciéndose arrastrar.
lunes, julio 17, 2006
Gracias por la lluvia
-Voy a lastimarte -dijo entre dos besos- Voy a lastimarte, no querré pero pasará de todas formas, no puedo evitarlo. -Sonreí, pero supe que era cierto-
Conozco a las mujeres con navajas por dedos, y aunque a primera vista no me pareció del tipo, había algo en su forma de mirar (los ojos fijos en punto por debajo del menton) que estremecía. -Que sea en la cara. O en el pecho, pero siempre por delante -Pensé y bajé la guardia adrede-.
Unos segundos (o unas semanas, da igual) después, ya todo había pasado, la espalda abierta en diagonal por una mano-espada que brilló infinitamente menos que los ojos de su dueña.
Conozco a las mujeres con navajas por dedos, y aunque a primera vista no me pareció del tipo, había algo en su forma de mirar (los ojos fijos en punto por debajo del menton) que estremecía. -Que sea en la cara. O en el pecho, pero siempre por delante -Pensé y bajé la guardia adrede-.
Unos segundos (o unas semanas, da igual) después, ya todo había pasado, la espalda abierta en diagonal por una mano-espada que brilló infinitamente menos que los ojos de su dueña.
sábado, junio 17, 2006
How Far?
How far can you press a poet?
To the last limit and he’ll not show it
And one step further and he’s dead
And his death is upon your head.
To the last limit and he’ll not show it
And one step further and he’s dead
And his death is upon your head.
domingo, junio 11, 2006
Waterloo
Para que las mujeres te amen, es necesario que duden y teman acerca del alcance y la duración de su poder.
Napoleón Bonaparte
Aunque Napoleón no sea la persona más indicada para aconsejar al respecto del amor (¿quién lo es?) su frase se ha repetido hasta el hartazgo en las dos direcciones del tiempo, se ha establecido como la regla primordial de un decálogo no escrito, en el que el resto de los mandamientos son simples reformulaciones del primero.
Ahora qué, si no quiero que me ames, que dudes ni que temas? Quiero solo que alivianes el peso de la piedra que me nace sobre el pecho en las mañanas, que te sientes sobre ella y me sonrías desde arriba.
No quiero,
contra vos,
jugar crueles ajedreces,
ni especular con piezas, que no son
más que un escudo
ante peligros que no temo,
ante peligros que deseo
ante tus piernas, como alfiles
apaleando al rey tendido que no soy, dejándolo roto pero en paz, muerto de heridas que sangran de vos, de tu pelo y de tus uñas, de una mañana sin nubes y sin sol, sin cielo siquiera, llena por completo como está, de tus manos con mi sangre y de tus dientes con mi piel.
No quiero con vos una vida de tres dormitorios ni un patio con glicinas y malvones ni un perro ladrándole a su sombra, no quiero nada que me cueste ni un segundo de estrategia descarnada, de quizás cuando hasta el cielo ni veremos cuando sí y siempre sí.
Quiero con vos una buhardilla que no existe en un barrio destruido por la guerra, tan anacrónicos nos quiero, pero tan ciertos, con tantos NO como haga falta y tantos SÍ como deseemos; Quiero una maceta con lilas, secas de tanto mirarlas, de tanto mirarnos en ellas y de tanto hacernos el amor a su sombra y a su luz.
Quiero cosas que quizás no han de pasar, pero, sobre todo, no quiero a Napoleón, Europa es solo tierra y vos sos tanto, que tratar de conquistarte igual que a ella es un tan cruel que no puedo concebirlo.
A fracasar, tan destinado como dispuesto. No es, de hecho, el triunfo lo que busco, ni siquiera una derrota heroica o casi digna. No quiero más que poder decirte, sin temor a reacciones newtonianas, que hacés de la belleza algo tan simple, tan un mirarme o un decir como si nada, las palabras más hermosas que he escuchado. Y que solo eso, ya es un mate sin movidas; sin tableros y sin piezas.
domingo, septiembre 25, 2005
Alejandrísima

Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentadas a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella.
—Toma un poco de vino —dijo la muerte.
La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té.
—No veo que haya vino —dijo.
—Es que no hay —contestó la muerte.
—¿Y por qué dijo usted que había? —dijo.
—Nunca dije que hubiera vino sino que tomes —dijo la muerte.
—Pues entonces ha cometido usted una incorrección al ofrecérmelo —respondió la niña muy enojada.
—Soy huérfana. nadie se ocupó de darme una educación esmerada —se disculpó la muerte.
La muñeca abrió los ojos.

La Jaula
Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.
Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
Alejandra Pizarnik [29 de Abril de 1936 / 25 de septiembre de 1972]
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