Ausencia
De ausencias se compone casi siempre el entramado de mis días, son las cosas que no están las que actúan como leños peregrinos en la caldera fría que alimenta las pisadas que voy dando, las únicas que me mueven alrededor de algo diferente a mí mismo.
No por simple afán de recuperarlas, no. Sino en muchos casos más bien por el placer de conservarlas así, ausentes pero ciertas, oximorónicamente corpóreas, capaces de hacerme sentir que existen aún cosas que merece la pena perder y por justicia poética lo he hecho, las he perdido a todas sin remedio por el tiempo que haga falta.
Y entonces te prefiero ausente, elijo la retrospectiva gentil del recuerdo de mis dedos en la base de tu espalda, del perfume de tu cuello sobre el humo del tabaco que a ese fín hemos quemado, de tu risa por debajo y por los lados de la música vulgar, de hotel alojamiento en pleno centro de la noche en cualquier lado; aunque el hotel haya terminado siendo una fábrica de muñecos de trapo o la habitación mal acolchada de una clínica psiquiátrica, a la que la casualidad siempre mía y siempre sabia nos ha arrastrado con engaños coloridos.
Otras veces, sin embargo (y son las menos, pero queman) no me alcanza con saberte ahí, en cualquier parte de una ciudad que es un pañuelo, en la que bastaría con subirme a los hombros de un semáforo, escuadriñante, para verte doblar por todas las esquinas. Pero tengo pánico a las alturas y pánico a encontrarte sin saber que hacer con tanta vos y tanto yo, repleto de tu falta.
Esas veces, esos ratos de labios blancos y manos convertidas en puños hirvientes, maldigo mi presencia sin sentido y me derrito por poder hacer del tiempo y del espacio una argamasa maniobrable entre los dedos, convertirlo todo en una otredad tergiversable, una bolita de cristal con un dragón de papel dentro; un aleph de todo lo que es mío sin saberlo y rescatarte con cuidado, con paciencia y precaución de relojero. Arrancarte de ese caos chino de vidrio transparente, por una pierna o una mano temblorosa, darte a fuerza de quererlo una corporeidad torpe, tan distinta a lo fugaz que es tu ser vos, pero acaso suficiente para mí.
Pero es solo un ratito y entonces, unas palmaditas en el hombro y todo va a estar bien, mi chiquito...




